mercoledì 13 aprile 2016

[Henciclo] interruptor - El Quijote o la tragedia de novelar Indias - la columna de H enciclopedia

 
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         LA NOVELA COMO ENTE TRÁGICO

El Quijote o la tragedia de novelar Indias

Amir Hamed

1. Barataria. Una cosa que debe agradecer la humanidad, y más este año de celebraciones, es que a Miguel de Cervantes Saavedra, en su momento, la Corona española, muy posiblemente por la incapacidad del solicitante de acreditar generaciones suficientes de “limpieza de sangre”, le denegara viajar a América. En uno de los ya más rotundos mapas de entonces, o en su mente, el escritor, tan temprano como en 1581, había averiguado si había cupos para viajar, para luego, en 1590, solicitar un cargo en Cartagena de Indias, Guatemala o La Paz. Pensaba que sus méritos militares, sus padecimientos como cautivo en Argel, lo calificaban lo suficiente: ignoraba, esto es seguro, que, de haber calificado, hubiese perdido su posteridad.

Porque ciertamente, de haber viajado a Indias, Cervantes nunca hubiera escrito el Quijote, y sin esta novela, poco hubiera quedado de su obra. Dicho sin más, exceptuando la novela del Caballero de la Triste Figura y Sancho, Cervantes, polígrafo, no logró a pesar de todos sus intentos, redondear gran obra (inclúyanse entremeses, galateas, novelas ejemplares e incluso la entrega póstuma, la agotadora y anodina cartografía espiritual, eso sí, de conmovedor prólogo, que equivocadamente consideró Cervantes su legado: el Persiles y Segismunda). Sin el incandescenteQuijote, que termina iluminando, como precursores, como tanteos, al resto de sus escritos, Cervantes hubiera sido, nada más, un escritor menor del barroco español. Y el viaje a Indias, dígase ya, hubiera condicionado su escritura, como condicionó la historia de la novela, porque, para empezar la novela moderna, de la que es piedra de toque la de Cervantes, que es deudora de esas Indias, tardaría dos siglos en poder pronunciarlas.

Al respecto, cabe recordar que, ya hace buen tiempo, el crítico cubano Roberto González Echevarría (Myth an Archive: A Theory of Latin American Narrative) estableció que, en el origen de la novela moderna, es decir, en el Lazarillo de Tormes (1554), como intertexto, había que encontrar la carta de relación, género adscrito por la administración española para que los súbditos dieran cuenta de lo actuado en Indias. Así, el “Pues sepa V.M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca”, con que principia la novela, no es más que la respuesta natural, el llenado del espacio en blanco que exige la carta de relación para que quien escribe se presente y dé cuenta de qué ha realizado en Indias.

Agréguese aquí que, más allá de lo que establece González Echevarría, se puede calibrar el éxito de la fórmula para los comienzos de toda la novela moderna, más allá del castellano, por ejemplo en una dieciochesca, inglesa y de tema netamente americano, como Robinson Crusoe (“Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de la región, pues mi padre era un extranjero de Brema que, inicialmente, se asentó en Hull. Allí consiguió hacerse con una considerable fortuna como comerciante y, más tarde, abandonó sus negocios y se fue a vivir a York, donde se casó con mi madre, que pertenecía a la familia Robinson, una de las buenas familias del condado de la cual obtuve mi nombre, Robinson Kreutznaer. Mas, por la habitual alteración de las palabras que se hace en Inglaterra, ahora nos llaman y nosotros también nos llamamos y escribimos nuestro nombre Crusoe; y así me han llamado siempre mis compañeros.”) o en el “Call me Ishmael” que abrirá una novela netamente americana, aunque sajona y decimonónica como Moby Dick.

Por otra parte, González Echevarría, atendiendo ya a la tradición picaresca en el barroco, y en particular a La vida del buscón (1626), de Don Francisco Quevedo y Villegas, señala que América es la “novela prometida”, si bien, como se verá, es una novela nunca alcanzada en el barroco. El buscón Don Pablos termina la relación de su vida, como se recuerda, embarcado para Indias, desde donde promete continuar sus relatos, cosa que jamás hará. Cabe aclarar en este punto que esa promesa tardía del Buscón, y su concomitante fiasco, ya habían sido realizadas, de forma explícita o en tropo por las continuaciones del Lazarillo de Tormes.

Así, en 1620, El Lazarillo de Manzanares, de Juan Cortés de Tolosa, tras servir a un pastelero, a un sacristán, a un santero, a un canónigo e incluso a un oidor de México, se despide rumbo a Indias, tras haberse desaherrojado del matrimonio y anunciando que continuará desde allá su relación. Por otra parte, el Lazarillo de Amberes, de 1555, anónimo alegórico y más bien inspirado en la novela alejandrina, que rompe con la línea realista, se lanza en expedición marítima y naufraga, cayendo y sirviendo al reino submarino de los  atunes, desposándose con una y teniendo hijos, luchando bravas guerras contra otras especies marítimas (su modelo más evidente sería la Historia verdadera, de Luciano de Samosata, en que el protagonista, que cruza las murallas de Hércules, termina implicado en una guerra entre las huestes de la Luna y el Sol).

Imágenes integradas 1

Aquí, lo que se debe reconocer es que, más allá del abandono del realismo, este Lazarillo ya sabía que su aventura debía proseguirse americana, o como se decía entonces, de Indias; pero lo que por entonces no consignaba González Echevarría, y que sí debe ser consignado aquí, es que si la novela de América era una promesa nunca cumplida, esto se debe a que América, para la novela, era una promesa transequinoccial, naufragada de antemano: América no puede ser recuperada para la novela porque América se da en tropo, en uno que había sido abierto desde que, entre los entresijos de los mapas que daban cuenta de una borrosísima Terra Incognita, Erasmo publicara su Utopía en 1516, apenas años antes de que la empresa de conquista, que había sido una pequeña factoría de ultramar desde los primeros viajes de Cristóbal Colón, cambiara de calibre una vez que Hernán Cortés, con 500 soldados, se lanzara a la conquista de México.

Y esta utopía, que es a la vez distopía, diferimiento de ninguna parte de una realidad geográfica y humana, es lo que hace, a la vez, que el Quijote sea el único libro trágico de Cervantes (y muy posiblemente, por esto, tan disímil al resto). Porque el Quijote, por más que se lo olvide recurrentemente —tal vez obra del afán de la generación del 98, y en particular de Miguel de Unamuno, de convertirlo en un héroe patrio y de la tierra y el polvo de España— si un punto tiene como norte cuando sale a su camino largo con una empresa de ultramar, es la conquista de la ínsula Barataria, esa zanahoria marítima que el hidalgo le pone a Sancho frente a las narices, pero ni bien llega al mar, a Barcelona, allí donde también descubre la imprenta y un ejemplar de su némesis, el Quijote apócrifo de Avellaneda, de 1614, ha llegado a su límite. El mar le resulta infranqueable —he aquí la aporía— y, acto seguido, vencido por el Caballero de los Espejos en que se esconde Sansón Carrasco, es enviado a casa para allí morir, recobrado “el juicio”. Una vez vencido, lo que traerá consecuencias para Cervantes y para la modernidad, que hace el Quijote, a diferencia de sus buscones precedentes, es cancelar sigilosamente la promesa, masticar un hasta aquí llegué y darle, en su lugar, nacimiento al Autor moderno, esa instancia por la cual Cervantes mata a su personaje, para que nadie más ose, como osara Avellaneda siguiendo la tradición de las novelas de la época (empezando por las de caballería que admiraba el personaje) prolongarle aventuras al personaje que había acuñado.

Al hacerlo, al entronizar al Autor moderno, Cervantes inaugura una narrativa sacrificial, por la cual la tradición narrativa se invierte, como señalaba no sin perplejidad Michel Foucault en “¿Qué es un autor?”, ya que el modelo clásico por el cual la obra le otorgaba inmortalidad al héroe que fallecía joven se reconvierte en un modelo por el cual, ahora, es el héroe quien debe morir para que el autor, que es un modo de circulación de los textos, viva. Ese sacrificio, la defunción del héroe derrotado, frustrado su deseo, devuelto al centro de su propio laberinto (España mutilada de su ultramar), es la respuesta a otro sacrificio, el que vuelve imposible, por dos siglos al menos, la novela de América: el silencio de los americanos.(leer más)
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