domenica 12 luglio 2015

[Henciclo] interruptor - Todos somos K(athcadjian) - la columna de H enciclopedia



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          LA ANSIEDAD DEL INTERTEXTO

Todos somos K(athcadjian)

Amir Hamed

1. Viudeces
Bastante tiempo atrás, en alguna pausa
entre clases de español, un colega de la universidad de Northwestern, poeta tucumano, en su tono cantarín me avisaba que algún día habría de publicar sus memorias, en las que figuraría aquel día, explicaba, “en que le reempujé los ñoquis a Borges”. Al explayarse, el colega, que oficiaba de lecturer, rememoraba escenas de la vida cultural y política argentina de los años 1970, cuando Borges era etiquetado de oligarca por la intelligentzia biempensada y revolucionante. Ahora que, si mi colega supo tener carné del partido comunista, no por eso olvidó el primer mandamiento del lector, o del escritor, que es leer sin descalificar a priori. Y como cualquiera que hubiera leído al bibliotecario hijo de doña Leonor Acevedo no podía sino saber, don Jorge Luis sería muy de derecha pero escribía como pocos, o como ninguno, así que, por lo que me decía, lo pasaba a buscar (es de creer que por el apartamento de la calle Maipú) y lo invitaba a comer en alguna fonda.

Los diálogos, según el colega, eran lección imborrable. Así por ejemplo en uno de esos almuerzos la conversa (no sé yo o ya no sabía él por qué razón) había derivado a [sic] la verga, por lo cual Borges, enciclopédico según ritual, pasaba a enumerar formas, condiciones, colores y los nombres que correspondían a cada variante de sexo viril. A decir verdad, nunca me contó el amigo tucumano más sobre las tópicas de sus almuerzos, salvo la angustia que le producía que, en la medida en que los platos se iban vaciando, al tenedor del locuaz contertulio y ocasional balanólogo se le hacía progresivamente más difícil encontrar lo suyo, pinchando la loza vano y martilleante, por lo cual en rapto de empatía, desde su asiento y con su tenedor, el tucumano le iba rempujando los ñoquis para que el trinchante los encontrara y la charla no decayese.

Por supuesto, la anécdota, que hasta donde sé no ha sido publicada, si algún valor conserva lo debe a ser su protagonista alguien que, como Borges, hizo fama por rehuir, en su obra, el sexo. “Secular en la sombra fluyó el amor”, alcanzó a escribir en un relato de septuagenario, “Ulrica”, en cima de ardimiento. Y por supuesto, a nadie escapa que, para aquel entonces Henry Miller había extenuado trópicos, Julio Cortázar estaba haciendo lo que podía con una fábula de que te dije y cierta descripción de coito de El libro de Manuel y que en fin, hacía tiempo se daba por estallada y restallada la revolución sexual. Don Jorge Luis, de más está decir, no era el único escritor pudibundo de aquellos días, pero sí uno que había militado por restringir la obra de cualquier referencia, ya no sexual, sino siquiera sentimental.  Borges, por decirlo así, había sido una operación, la construcción de un autor. Porque ciertamente, de forma temprana, a contracorriente de buena parte de su edad, Jorge Luis Borges, una entidad cuajada de dictámenes literarios, se convirtió en un recorte ilustre, Borges, es decir un nombre mucho menos adjudicable a la vida que a la literatura.

Si el autor no condescendía al sentimiento, el biográfico itinerario amatorio de Georgie (como lo llamaban los que, por décadas, veían con perplejidad y afecto su devoción  por  literaturas sajonas o finesas), había sido notable por lo infructuoso y su matrimonio inicial con Elsa Astete Millán, amiga de la juventud ajena por completo al mundillo literario porteño, una pesadilla de la que cualquier visitante a Buenos Aires en la década de 1970 o 1980, casi sin proponérselo, podía recoger anécdotas (nunca se sabe cuánto de infundio haya en una anécdota, pero vaya aquí una sabrosa de entonces: en la misma boda, Borges le explicita a la esposa que ése ahí, que le está presentando, es su mejor amigo, Adolfo Bioy Casares, a lo que ella responde con un “ah, mucho gusto” por demás proporcionado, al que le agrega un “¿usted escribe, también?”).

Por eso acaso se pueda entender que, en un principio, mi compañero de trabajo de entonces, que me la comunicaba apenas meses después de fallecido el autor, no publicara la suya: Borges, el autor, ese recorte de vida hecho letra, hacía que todo lo que se pudiera decir de él, al menos por escrito, quedara saturado de pudores. Se le podía censurar el antiperonismo visceral, la ceguera política, que no era más que reflejo de la que padecían sus ojos y lo hizo elogiar las peores dictaduras del Cono Sur, pero bastaba pensarlo como literato, como piadosísimo oficiante de la letra, para que cualquier referencia personal resultase lo que debía resultar, insignificante. Pero si entonces fuera demasiado temprano para publicarla, ahora ya no solo es tarde: resulta póstumo, al menos después de que el albacea literario de Bioy Casares diera a luz Borges, gigantesca colección de diálogos, inquinas y chismes en las que Bioy, como en los buenos duetos cómicos, se limita a dar pies e introducir intermitentes bocadillos.

En ese Borges publicado hace algunos años se respira literatura, ciertamente, y en no menor grado un resentimiento que, guardado por décadas en la todavía clandestina grafía de un diario, cabe creer permitió por un lado a Bioy seguir siendo, en vida, lo que fue, el inconmovible gentilhombre que recuerdan todos lo que lo trataron, incluyendo este columnista. Por otro, se puede colegir, también esas incontables (pero por fin contadas) charlas le permitieron a Borges sostener aquel personaje descremadamente literario, extirpado de sentimentalismos que, sin embargo, padecía como una magdalena el testarudo desplante que, por décadas, le hicieron las mujeres que tan tangueramente le arrebataban el cuore. Y en cuanto a la anécdota del colega tucumano, lo cierto es que, en la medida en que el impiadoso diario bioyano lo registra despachándose sobre negros, sobre putos o sobre pedos, esa imagen doctoral, restricta, rezumada, no hace sino recordarnos, como recordaba Émile Cioran, que todas las ideas, incluso las mejores, han sido concebidas por mamíferos.

Ese póstumo Borges fue recibido con un casi áureo encono de la mujer póstuma de Borges, es decir María Kodama, con quien casó in artículo mortis, a un mes de darse a una tumba llena de gusanos ginebrinos. Kodama, como se sabe, y como ella pregona, nació viuda, y no tardó en acusar, también póstuma, a Bioy de traidor y de Salieri, sacando por otra parte a luz su propio chisme, ya que según ella Borges consideraba cobarde a su mejor amigo. Como ya es fama urbi et orbe, desde hace buen tiempo Kodama se ha ganado la ojeriza del ambiente literario argentino, habiendo sido acusada, por ejemplo por la profesora Beatriz Sarlo, de tener secuestrado a su marido. "Mientras Kodama viva” será imposible estudiarlo seriamente, ya hace tiempo había decretado Sarlo. Esto, claro, es apenas un bocadillo, ya que a Kodama, cuya saña leguleya hace recordar a una figura de El proceso que, además de un código, blandiera una katana, la acusan desde hace años de estar prendida a los royalties que heredó, de imponer un criterio personal y no muy amplio para estrechar la lectura de la obra de su difunto. También  le recuerdan  que sus personajes femeninos favoritos eran Lady Macbeth y Medea, según comentara Borges, en fin, que hace tiempo, al menos si se lo observa desde esta banda uruguaya, viene a ser algo así como la gran villana de la literatura argentina.(leer más) 
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