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Gonzalo Márquez Cristo. EDITORES: Amparo Osorio, Iván
Beltrán Castillo. COMITÉ EDITORIAL: Fabio
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Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio. EN EL
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con el asunto “Retiro”
Roberto Juarroz, a veinte años
Roberto Juarroz (Coronel Dorrego, 1925 - Témperley, 1995; Argentina). Poeta y ensayista. De 1958 a 1965 dirigió la revista Poesía=Poesía. Fue nombrado Miembro de Número de la Academia de Letras de su país en 1984. Ejerció la crítica literaria y cinematográfica en importantes medios de comunicación.
Además
de su fundamental obra Poesía vertical, que fue creciendo con los años y
alcanzando innumerables traducciones y un vasto reconocimiento universal, es
autor del ensayo: Poesía y realidad (1987) y del libro de
conversaciones: Poesía y creación (1980). Obtuvo los premios: Honor de
la Fundación Argentina (1984), Esteban Echeverría (1984), Jean Malrieu de
Marsella (1992), y el consagratorio Premio de las Bienales
Internacionales de Poesía en Lieja, Bélgica (1992).
Para
conmemorar los 20 años de la desaparición del inmenso poeta argentino,
publicamos dos de sus textos pertenecientes a la antología Poesía vertical
(Común Presencia Editores, Bogotá, 2001).
- 1 -
Tú no tienes nombre.
Tal vez nada lo tenga.
Pero hay tanto humo
repartido en el mundo,
tanta lluvia inmóvil, tanto hombre que no puede nacer,
tanto llanto horizontal,
tanto cementerio arrinconado,
tanta ropa muerta
y la soledad ocupa tanta gente,
que el nombre que no tienes me acompaña
y el nombre que nada tiene crea un sitio
en donde está de más la soledad.
- 2 -
Llegará un día
en el cual no habrá que empujar
los vidrios para que caigan,
ni martillar los clavos para que sostengan,
ni pisar las piedras para que se callen,
ni beber el rostro de las mujeres para que sonrían.
Empezará la gran
unión.
Hasta dios aprenderá a hablar y el aire y la luz
entrarán en su cueva de miedosas eternidades.
Entonces ya no
habrá diferencia
entre tus ojos y tu vientre, ni entre mis palabras y mi voz.
Las piedras serán como tus senos
y yo haré mis versos con las manos,
para que nadie pueda ya confundirse.
Homenaje a Carlos Granada
Homenaje a su
vida y obra, sábado 1º de agosto a las 11 a.m.
Galería Alonso
Garcés
Cra 5 No. 26 B
– 92. Bogotá
En el reino de Maldoror
A petición de muchos lectores
fanáticos del libro Cuentos perversos (Colección Los Conjurados),
publicamos el prólogo y uno de los perturbadores relatos (“Misterios de Safo”
de Cydno de Mitilene), que componen esta antología integrada por textos de
autores como Ovidio, Apuleyo, Boccaccio, Sade, Lautréamont, Apollinaire, Gide…
Por Amparo Osorio*
Si la literatura puede hacer belleza de
la perversidad fundando escenarios de una lúdica fascinante como lo demuestran
los veintiséis relatos seleccionados, y ofrecer herramientas fundamentales en
el conocimiento del ser humano como lo comprobaron Freud y Jung; la colección
Los Conjurados, además de pretender una vindicación de los autores
incluidos, es un reconocimiento a la más libre imaginación humana.
El camino circunscrito en estos textos,
más allá de una idea del bien o del mal, nos abre un espacio literario que
reprimido, extraviado o escandalosamente consagrado, descifra nuestra íntima
naturaleza, acercándonos a lo que Nietzsche en su Genealogía de la moral,
denunció como esa equívoca conciencia que durante siglos hizo contemplar al
hombre con malos ojos sus inclinaciones naturales.
Separados de nuestra profundidad, fuimos
obligados a portar la máscara para tener cabida en un escenario moral
establecido; las religiones estigmatizaron el hedonismo y el gran filósofo
Epicuro fue severamente confiscado; así las sociedades castrantes inventaron
términos como diferenciación, excluyendo la posibilidad de la otredad y
del reconocimiento de aquellos seres que dirigían sus deseos hacia espacios no
establecidos por la moral en uso.
El erotismo e incluso el humor negro,
que han transitado desde siempre por complejos y secretos senderos y cuya
ceremonia íntima se ha mantenido oscilante entre Eros y Thanatos, fueron
recibiendo en el escenario de su esencia multiforme, radicales definiciones que
lindaban con el prohibido universo de la perversión.
Pero si nos pertenece el cuerpo como
nuestros placeres, si la imaginación se funda en él para obtener su pasaporte
al estallido; podríamos afirmar que el sombrío nudo de sus actos, es tal vez la
fuerza secreta, predestinada desde nuestra química galáctica.
En los relatos míticos todo era
permitido, los dioses y los héroes realizaban sus sueños y asaltos sin
restricciones, y en esa cruel fantasía se revelaba la fuerza sombría y
originaria del ser. Resulta entonces sorprendente la antimemoria del hombre en
el decurso de su historia, si leída desde el contexto testimonial de sus
inicios, recordamos nuestra procedencia exacta de una Eva incestuosa.
Por eso el arte, con sus postulados de
conciencia y denuncia, es el encargado, siempre, de abrir la puerta que nos
mostró las búsquedas y vías de la pasión humana, que tan profundamente
inquietan a la especie.
Las fiestas de la Fertilidad de la
Tierra y las bacanales celebradas en homenaje a Baco, el Perfecto
(según el verso de Whitman), han desaparecido; sin embargo asistimos al culto
del cuerpo, verdadero objeto de devoción que ha sido despojado de su
trascendencia sagrada, ahora entronizado como dios moderno, y atado a los
cánones de una moral victoriana aún imperante en el desolador inicio del
Siglo XXI.
Así la sucesiva fascinación oculta de
ese animal que somos, de ese ser que se esconde bajo los párpados, afirma
también que todos, en el más indescifrable de nuestros pliegues, somos la
confirmación exacta de Narciso, es decir: la certeza de nuestra propia e
insalvable obsesión; porque el yo es insuperable.
El recorrido de esta antología, nos
lleva por varios estadios de los temas proscritos, donde existen los más
reconocidos matices de la perversión amalgamada con el erotismo.
Apuleyo en su Asno de oro, que
podría ser un anticipo feliz de Kafka, si pensamos en su punto de vista
narrativo, devela su resplandeciente humor zoofílico, tema igualmente latente
en el cuento extraído de Las mil y una noches donde una princesa
sexualizada por un mono crea una divertida situación inolvidable.
Con Sacher-Masoch y Sade asistimos a la
violencia propuesta como un despiadado instinto territorial del placer, en un
encarnizado juego del poder sexual; donde la sangre y el castigo reinan.
Bataille desde otra orilla, en la
historia de sus jóvenes protagonistas, nos muestra la forma como éstos
convierten el ajedrez del deseo en una escena surrealista, con imágenes
provocadoras de un delicioso infantilismo.
A través de la pluma de Nabokov y
caminando entre sus destellos de humor negro, sabemos lo que le puede pasar a
un adulto cuando es pervertido por una niña libidinosa.
El Premio Nobel japonés Yasunari
Kawabata crea una situación transgresora cuando el anciano de su historia
condenado a acostarse con una joven narcotizada, intenta inútilmente rescatar
el erotismo que ha huido con sus años.
Barbusse nos deja ver por un orificio el
despertar del deseo entre una pareja de hermanos, y dentro de ese mismo espacio
incestuoso, el adolescente que protagoniza la historia de Mishima observa a su
madre haciendo el amor con un marinero, como preámbulo de una venganza que será
la recreación japonesa del mito de Edipo.
Para Genet el despiadado acto planteado
por su personaje Querella, es la forma de expiar un crimen, llevándonos en su
relato a una ejecución interior devastadora.
Anaïs Nin y Cydno de Mitilene –esta
última de existencia casi ilusoria– ven el deseo con ojos femeninos y fundan
dentro de sus literaturas crueles ceremonias.
Y como las artes plásticas también son
festejadas en este libro, el magistral dibujo de Miguel Ángel titulado: El
rapto de Ganímedes, plasma la violación del hermoso efebo a manos –mejor a
garras– del dios Júpiter convertido en águila; mientras Balthus, uno de los
artistas más controvertidos del siglo XX, recrea a una de sus niñas impúdicas
en un cuadro lleno de simbolismos, junto a un gato que bebe leche.
Dioses y hombres en el concierto del
mundo han desafiado los conductos de una razón establecida y testimoniando sus
libertades individuales han sido exiliados y proscritos.
Isidore Ducasse, Conde de
Lautréamont, considerado por los surrealistas como el genio de la rebeldía,
dentro de la más alta poesía maligna, lleva a su personaje central, Maldodor,
a hacer el amor con un tiburón hembra, en uno de los episodios más perversos y
deslumbrantes de la literatura. Hay una variedad tal de frenesí en
Lautréamont, una potencia tal de metamorfosis, que la ruptura de los instintos
se encuentra, a nuestro parecer, realizada (Bachelard).
Pero si el siglo XX trajo consigo la
liberación femenina y se extendieron y multiplicaron los estudios de sexología
y psicoanálisis en su analítico intento por descifrar esa summa de
creencias, costumbres y valores que rigen los comportamientos de la criatura
humana, es posible que el siglo XXI sea regido por los postulados de Bruckner y
Finkielkraut en El nuevo desorden amoroso, que proclaman: Unirse no
debe conducir a otra cosa que fundirse de nuevo y de mil maneras, con mil otros
mundos.
Dicha idea conduciría a una nueva
comprobación en el sentido de que esas verdades develadas, o transgresiones
lúdicas –el camino a las sensaciones del goce, a partir del cual surgen grandes
interrogantes filosóficos y metafísicos que habitan en nuestra alquimia–,
continúan y seguirán constituyendo uno de los grandes y complejos equipajes del
hombre en su viaje terrenal.
Para recorrer estos Cuentos
perversos, nada sería entonces más acertado que recordar aquel graffiti
escrito en Nanterre durante los episodios de Mayo del 68: Inventen
nuevas perversiones, ¡yo no puedo más...! y evocar la cínica frase del
filósofo rumano E. M. Cioran que colma de humor esta visión transgresora: Dichosos
Onan, Sade, Masoch... sus nombres, lo mismo que sus grandes proezas, no
envejecerán jamás.
*Poeta, narradora y ensayista colombiana
Misterios
de Safo
Por Cydno de Mitilene (1840-1910)
Safo además de ser la profetisa de nuestra religión
amorosa es nuestra inspiradora y nuestra guía. Es la diosa a la que adoramos
bajo la imagen de la luna.
Todos los años,
durante una noche de plenilunio de primavera, Cydno y sus discípulas festejamos
los misterios de Safo. Las violetas sagradas invaden nuestro templo. Las
imágenes viriles –pinturas, esculturas, tótems– se ocultan bajo un oscuro velo;
o se arrojan al mar si la cálida diosa inspira a alguna de nosotras a
deshacernos de los objetos sacrílegos.
...No puedo seguir.
Tengo terror de exceder los límites de mi condición de sacerdotisa: existen
misterios cuya revelación podría pagar con mi vida y después de muerta
deshonrarían mi memoria.
Sin embargo, como
estos epigramas serán guardados con mis cenizas cuando llegue la muerte,
liberaré ahora mi corazón con las siguientes confidencias.
Cumplimos las
purificaciones y los preparativos rituales. Y durante la ceremonia cantamos un
himno que me es prohibido escribir.
Durante el rito
anual, es importante para darle toda su dimensión al acto, que una de nuestras
hermanas, víctima de padecimientos físicos o de los espíritus de la
voluptuosidad incontenible, se entregue feliz al altar de sacrificio, buscando
con ansiedad terribles emociones que aún no ha podido descubrir.
Aquella que desea
morir, elige entre nosotras a las cinco que más ama. Y aunque podemos rechazar
la alta distinción para ser reemplazadas por otras, jamás ha ocurrido que
alguna de las elegidas eluda el honor de acompañar a la víctima en el inicio de
su laberíntico viaje, desdeñando los sublimes goces que la última despedida le
concederá.
Porque nuestras
costumbres son distintas a las de los demás pueblos, nuestra moral pocas veces
coincide con la de las tierras del exilio. Por tal motivo no dudamos en ayudar
a morir a quien voluntariamente persigue ese estado como un cese a sus dolores
o como la fuente de insuperables delicias.
Las cinco
oficiantes desnudan a la voluntaria víctima, y mientras la maceran en baños de
exquisitos aromas, las demás nos distribuimos en grupos de tres o cuatro
formando un círculo alrededor de aquellas que en extensos lechos de placer,
junto a las cráteras de bronce colmadas de deliciosos vinos, realizarán el
sacrificio.
Perfumadas y
desnudas las elegidas atan a la víctima entre dos columnas del palacio,
decoradas con violetas oscuras y rosas alexandras. Entonces la más joven toma
cinco delgadas flechas de plata y las reparte entre las victimarias, quienes se
aprestan a vendar los ojos de aquella que ha decidido abandonarnos.
Se escucha una
melodía suave que invita al ensueño y prepara nuestros corazones para consagrar
el sacrificio. Obedeciendo a una ceremonia estricta, las sacerdotisas rodean a
la víctima de la enfermedad o de la lujuria, y lanzando las saetas en su cuerpo
desnudo le otorgan su liberación. Dos flechas son clavadas arriba de sus senos;
otra en el muslo izquierdo más abajo de su pubis; la cuarta en la espalda entre
el hombro derecho y la nuca, y la última en la parte más protuberante de la
nalga del mismo lado...
A los gritos del
suplicio, muchas de nosotras estremecidas por el terror, esconden sus rostros
en los almohadones de los lechos, y todas nos sentimos conmovidas por un
sombrío delirio voluptuoso. Este instante es el de los alaridos, los besos
hirientes, los sollozos desoladores y las libaciones de consuelo.
El dolor transforma
la música de las cítaras, las flautas y los tamboriles. Poco a poco vamos
recuperándonos, ávidas de un espectáculo que sólo hasta el año siguiente será
posible disfrutar, a menos que una circunstancia desfavorable lo postergue.
La víctima que se
desangra lentamente por las pequeñas heridas, desfallece sobre su lecho mortal.
Una de las escogidas entreabre las piernas y se sienta sobre su rostro
dejándose besar el sexo, en el que la agonizante hunde con insuperable
febrilidad el dardo de su lengua.
La que goza esta
última ofrenda, besa alternativamente uno y otro seno de la viajera, por los
que fluye en purpúreos hilillos la sangre de las heridas. Una sacerdotisa
arrodillada ante el lecho se baña el rostro con la sangre que mana de su muslo,
y hunde su lengua estremecida por el aroma acre del rojo líquido en esa
vulva que ya no conocerá más placer, y la acaricia con la voluptuosidad de
quien no ignora que ofrece a un ser el deleite póstumo.
Dos oficiantes
jóvenes pasan suavemente sus bocas y dedos desde la planta de los pies hasta la
garganta agónica, deteniéndose en sus flancos convulsos. Y otra, besa su
espalda afanosamente y la penetra con un bastoncillo de plata que le conmueve
las entrañas...
Al consumarse esta
compleja cópula, se apodera de nosotras un delirio indescriptible y absoluto.
La víctima, excitada por tantos contactos sexuales, llora, grita, muerde,
jadea, convulsiona, poseída por los espasmos del placer y el padecimiento que
se mezclan brutalmente en su interior.
Sus gozadoras se
adhieren a ella, ebrias de sangre y de muerte, profundizando las heridas de las
mortales saetas con sus cuerpos estremecidos por la lujuria.
Y todas las
espectadoras agotando el vino de las cráteras para calmar la sed de nuestros
labios resecos por tanto ardor, nos poseemos con salvajismo, con la mirada
extraviada por el furioso deseo, por la embriaguez y por la contemplación
desgarradora del sacrificio.
Y al amanecer,
cuando despertamos y nos preparamos para la cremación de la que decidió partir,
advertimos horrorizadas que una de las oficiantes se ha dormido con la boca
hundida en el inmóvil sexo de la muerta.
Diez Años del Movimiento BDS
Boicot, Desinversiones y Sanciones a Israel
Restaurante Alí Baba (Cra. 9 No. 11 – 42, Bogotá)
Jueves 30 de julio, 6 p.m.
Apuntes
sobre el Nadaísmo
Por Mauricio Botero Montoya
El Nadaísmo criollo
fue un grupo adicto al ludismo verbal, sin coherencia distinta a la jocosa
diversión del instante. Salvo el notable poeta X-504, su aporte se redujo a dar
ductilidad a la acartonada retórica del excluyente Frente Nacional
colombiano de los años 60. Aunque ese ísmo fue apolítico tenía
con ese Estado una armonía simétrica. Él era rígido, ellos laxos. Era solemne,
ellos desabrochados. Era austero, ellos hedonistas. La pose nadaísta de crítica
social no pasó de pretender purificar lo impúdico de lo real con la impudicia
de la palabra. Y, en suma, parecían creer que podían liberar a los esclavos,
divirtiéndolos. Esos literatí de gestos publicitarios remedados de los
surrealistas, pasaron de jugar a los aguinaldos en provincia, a fumar marihuana
en Bogotá. Y se dejaron ganar por la falacia que prefiere el reconocimiento al
conocimiento. Si el formalismo intelectual puede devenir en pedantería que no
sabe romper con las formulas, fue simétrica la tara nadaísta para el sentir
profundo o el pensamiento estructurado.
Al dar viveza plástica a
las imágenes acomodaron el lenguaje (hasta entonces más verbal y radial) a la
visual de la televisión. Ese es su aporte. Aunque algunos de ellos se declaren
satisfechos por estar bien pensionados, esto no los califica como logro para
una agrupación intelectual en parte alguna. Con el tiempo, algunos diarios
oficiosos les pagaron su en exceso larga mea culpa de haber sido jóvenes
protestatarios. Los activistas de esa nada en movimiento terminaron
disponibles para cualquier cosa; apuntalando con facilidad innegable el otro
oficio más antiguo del mundo, la publicidad. Que es una auxiliar de la codicia,
en una economía consumista.
Visto en una perspectiva
de la historia del arte, la publicidad es el arriendo del idioma a la eficacia
de la manipulación de los sentidos, sin pudores, con el objetivo de vender. Es
el productor ponderando su propia producción y pagando a los publicistas por
ello. Está, pues, emparentado con la más antigua de las profesiones sin que
ello entrañe reproche a la más tierna. La virtud de su vicio, el impudor,
supuso un rechazo a la fosilización formal. Pero fuera de eso, no postuló una
escuela de pensamiento. Ese ismo no trabajó en los socavones Y es una
involución si se le compara con la generación anterior que fundó a la revista
Mito. Un sintomático retroceso afín a la sustitución paulatina de la cultura
por la masificación de la TV. Al cambiar el mundo sus referentes al final del
siglo xx los Nadaístas, como los hippies, envejecieron mal. Sin replantearse lo
existente, hacen todavía de su anacronismo un canto de victoria al anotar que
en la era de la Internet no ha surgido en el país otro ismo. No
barruntan que ese facilismo plástico es ya la norma de las carreras de
publicidad que su época no conocía. Es en ellas más que en el arte donde está
su aporte. Y para la literatura que es un arte asociativo el estudio de la
publicidad, de los comerciales, sirve para hacer notar el tipo de animal en el
que nos quieren convertir. Tal como lo hizo por entonces Ray Bradbury en su
clásico Fahrenheit 451.
En los años setenta
pensadores de enjundia conceptiva como Estanislao Zuleta, Gutiérrez Girardot y
el notable crítico Hernando Valencia Goelkel, les advertían que la literatura
es un crisol y no una cloaca. Con el tiempo les reprocharían su
autocomplacencia facilista con el apunte del poeta católico Paul Claudel: El
que no vive como piensa termina por pensar cómo vive. No les veían mayor
mérito en ser los últimos de los alquilados. El fundador del movimiento,
el cronista Gonzalo Arango, dejó cartas de tinte místico de más calado, y
mereció de sus seguidores el calificativo de profeta. Tal vez por
un énfasis suyo de esa misma admonición: los ideales que no cambian la vida
pudren el alma.
*Ensayista y
narrador colombiano
CARTAS DE
LOS LECTORES
POEMA-RÍO 2015. Excelente el Festival de Poesía de
Barranquilla, muy buena la lectura colectiva de la clausura, espero que esa
congregación de poetas prospere cada año, pues aquí necesitamos de eventos como
estos, que nos hagan pensar. Lucila Fernández.
* * *
GÓMEZ JATTIN. Bonita la evocación de Gómez Jattin
que hace José Luis Díaz-Granados en el número de la semana pasada. Aunque a
veces no comprendo la magnificación de su poesía, creo que tiene algunos versos
importantes y que nunca debemos olvidar a nuestros escritores. Francia Peña.
* * *
NAIRO QUINTANA. El Águila de Cómbita hizo temblar al
país en su ascenso en el Tour de Francia. Tenemos campeón para mucho tiempo.
Bien por la Camiseta del Mejor Ciclista Joven y por su segundo lugar en esa
carrera tan famosa. Pedro Suárez, Tunja.
* * *
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