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Quien escribe no confía que la
distinción “izquierda-derecha” tenga mucho presente, ni mucho menos algún futuro. Como tantas otras dicotomíasmodernas, parecen ir quedando cada vez más vacías a medida que la lógica de un cada vez más prevalente sistema global de significados se va metiendo en los sistemas menores particulares, las repúblicas, los grupos, las mentes individuales. Pese a esa convicción, es un hecho que la dicotomía conserva todavía cierta capacidad operativa en los discursos. Ahora bien, hace años que la noción “izquierda” se ha puesto como el horcón del medio de la construcción imaginaria de cierta superioridad político-moral que desembocó en el triunfo final de, tautológicamente, “la izquierda”. Pero la experiencia acumulada de un cuarto de siglo de poder municipal y una década larga de poder nacional arroja tenebrosas sombras sobre la insistencia de invocar a la izquierda como representada por “la izquierda”, y a la derecha como representada por “la derecha”. ¿Reinstalar la dicotomía? ¿Curarse de ella definitivamente? Esta columna es respetuosa de esas decisiones últimas, cuasi-religiosas, de modo que no se pretenderá responder a esta cuestión, propia de la egosintonía teológica de cada quien. En cambio, más modestamente, se dirá en algunos párrafos una sola cosa, de tipo descriptivo: el Uruguay es un país de derecha en sus hábitos, que además y sin embargo, viene careciendo, simbólicamente, tanto de izquierda como de derecha. Tiene un peculiar bloqueo por el cual lo que es derecha se presenta como izquierda, y lo que no es nada, como derecha.
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Para la empresa anterior, bastante modesta, bastará con ver cómo se define implícitamente una cosa y otra, y notar cómo la definición oculta los hechos. Dado que una definición politológica, histórica o académica del par “izquierda-derecha” requeriría seguramente un volumen de centenares de páginas, probablemente inútiles, es mejor obviarla por completo y atreverse a dar un salto a la simplificación (que en un tema bastardo como es éste no importa mucho): izquierda es la actitud personal y política de construir la crítica de lo existente con fines de cambiarlo (obsérvese que no digo “mejorarlo”); derecha es la actitud personal y política de gestionar lo existente con fines de conservarlo. El par es vacío, porque, en su dimensión política, en la situación actual la política precisaría primero una liberación de la dictadura de la legitimidad tecnológica y de mercado global —y obrar esa liberación no parece estar ya al alcance de la política misma, que sigue siendo más o menos local. Y la dimensión personal, sin dimensión política, es irrelevante. Pero no vayamos hacia ese asunto y quedémonos en la rancia dicotomía.
Antes de dejar la definición, se debe agregar un detalle relevante: hay una derecha ultra, que en eso es como la más revolucionaria de las izquierdas; para ella, fundamentalismo furioso que también querría cambiarlo todo, el fin justifica los medios, y la violencia no es más que un instrumento sin ninguna peculiaridad propia, al que se puede recurrir o no. Depende. El rechazo de esto (en último término, pacifismo versus aceptación instrumental de la violencia) es una divisoria política más importante que otras y, en cierto modo, tiene primacía sobre el par subordinado, cada vez más vacío de referencia, “izquierda-derecha”. Pero de esto tampoco se ocupa este articulito de hoy.
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Volvamos al par vacío izquierda-derecha. Me acompaño en mi parva definición de un tropel de personajes reconocibles. Invoco solamente en esto a Alan Badiou, por ejemplo, que hace rato que diagnosticó para Europa y para Francia problemas de achanchamiento semejantes a los de este arrabal sudamericano, y que hace también tiempo (él y cualquier otro, en realidad) se dio cuenta de que la “izquierda” europea se convirtió en pieza esencial del sistema democrático que garantiza la gestión del poder global, detentado por esa entelequia que usted sabrá cómo definir sin riesgos. En su conversación con Fabien Tarby, publicada como si fuera un libro de Badiou por la editorial Amorrortu (su colección “Nómadas" me parece valiosa, especialmente si uno realmente fuese un nómada y debiese cargar con sus escuálidos y sobrepreciados libros encima), Tarby arriesga una definición muy similar a la antes intentada aquí.
El filósofo marroquí, por su parte, insiste con su teoría del acontecimiento (usted la conoce más o menos: hay que hacer algo y luego permanecer en ello, cultivarlo en sus consecuencias; no importa los errores que se cometa, lo que importa es lograr que pase algo, que, si realmente pasa, llevará a algo distinto), pero al mismo tiempo describe con astuta felicidad cómo la euroizquierda es llamada al poder “cuando hay que convencer a la población de las virtudes del capitalismo”, una frase iluminada, y bien aplicable a lo que pasó en nuestro país alrededor, y algo después, del año 2002 de nuestra era.
Por entonces (año 2005) incurrí en un ensayo algo recargado de enojo que quedó perdido en esta o aquella existencia virtual, que se titulabaEl Zombi. En él se presentaba ya al progresismo como un movimiento de expresión política de cierta burocrática zona mayoritaria de nuestra sociología nacional, para la cual la noción deseguridad lo es todo. Hoy corresponde reafirmar, en sustancia, lo de hace 10 años. En la dicotomía izquierda- derecha que pone el sustento en la gestión de lo que hay o en su transformación, el país se reconoce a sí mismo tan de derecha que asombra. Falta que se lo diga a sí mismo (último gesto de la entrega de un pasado malogrado a su verdadero dueño, el vacío).
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