martedì 26 maggio 2015

[Henciclo] interruptor - Cuento con dos ciudades, o la obligación de pensar - la columna de H enciclopedia

 
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EL PLEONASMO DE LA CIUDAD LETRADA
Cuento con dos ciudades, o la obligación de pensar
Amir Hamed

Mucho tiempo atrás, y no mucho 
antes de su muerte, en 1984, coincidíamos con Manuel Mujica Láinez en que su mejor libro (a despecho del más promocionado Bomarzo, hecho ópera) era Misteriosa Buenos Aires. Él escritor avezado, yo por entonces jovenzuelo meramente atrevido, tenía la deferencia, sin embargo, de explayarse al respecto. “Ése es mi libro que va a quedar”, decía Manucho, y agregaba lo muchísimo que había debido esforzarse porque Buenos Aires, a diferencia de Montevideo, según él, carecía de misterio. Su libro, como se sabe, es una reconstrucción de la vida de Buenos Aires desde su fundación, a través de cuentos, de episodios ficticios que van iluminando distintos momentos de la historia de la ubanización. Se abre con “El hambre”, cuento ubicado durante el asedio de 1536 por los indios cuando su segunda fundación, es decir cuando era nada más un fortín, que narra un episodio de canibalismo fraterno entre conquistadores, y cierra a principios del siglo XXl, con “El salón dorado”, fechado en 1904, historia de una insufrible patricia sorda (oligarca, corregirían hoy) que se pone a gritar en su silla de ruedas cuando descubre que ha quedado sola y que las vitrinas de su caserón están por transformarse en las de una galería comercial.

El misterio de Montevideo, según Manucho, quien estaba emparentado con los Varela de nuestra banda, estaba en Lautréamont, en todo lo que había para contar, por ejemplo, de la Guerra Grande, en fin, en cosas que mucho no se podía precisar porque eran sencillamente misteriosas. Hace un par de días, al cruzar en el buquebús con un libro de relatos de los 1930 de Walter Benjamin recién traducido en Buenos Airesque me asignó interruptor revista para reseña, descubro que el Río de la Plata también era parte de su imaginación por los días en que se refugiaba, pobre y siempre radiante, en las Baleares. En un cuento sobre el juego, un personaje, Fritjof, declara haber vivido muchos años en Montevideo, (“en aquel lado”, especifica), y explica que desde Buenos Aires la gente viaja “ocho horas para pasar elweekend jugando”. Así que se podría suponer que, de alguna forma, a los argentinos, y en particular a los porteños, lo que los ha venido convocando de Montevideo los es el misterio, sea el de sus grandes escritores franceses, sea el azar, sea eso siempre inexplicable del por qué, por ejemplo, ha resultado que los uruguayos no sean argentinos (hace no mucho, la presidente de Argentina lo proclamaba urbi et orbe, diciendo que les habían robado a José Gervasio Artigas).
En cuanto a mí, desde un comienzo he buscado en Buenos Aires no el misterio sino otra cosa, un principio de salud. Basta que pise la avenida Santa Fe y ya me siento mejor persona. A veces pienso que esto puede apoyarse en cierta nostalgia de juventud, cuando mis planes de vida eran ser escritor argentino, estudiar allí, tras culminar la licenciatura en Humanidades, cosa razonable en la medida en que de allí provenían los escritores que por entonces admiraba, y que también llegué a frecuentar, como Manucho, como Bioy Casares, como el Borges que me definió por la literatura cuando lo leí en secundaria y a cuyo apartamento en la calle Maipú supe peregrinar, o por supuesto, como el Cortázar por entonces obligatorio en la educación sentimental de cualquiera con voluntad de escribir en castellano.
En aquellas épocas tenía tiempo libre y espacio en un apartamentito en Barrio Norte, en Azcuénaga y Santa Fe, precisamente, que gente de mi familia había comprado durante la crisis que siguió a la Guerra de las Malvinas y que pronto habrá de perder, por lo que solía caminar bastante por la avenida, rumbo al centro pero también rumbo a Palermo. Por supuesto, también vivía con Pappo en la cabeza, no solo por la canción que le había dedicado a la avenida, sino porque solía parar en las confiterías para repetir el snack. Salía de ellos con Pappo entre los labios: “todo el día vienen hacia mí los sánguches de miga”.
Pero no se trata solo nostalgia. Sigue viviendo allí la “Cosmópolis” que cantó Rubén Darío, la gran ciudad, ahora cada vez menos “europea”, menos marcada por la necesidad de sobreproducirse para pisar sus calles, como si pisar cada baldosa fuese un ritual sacro, en fin cada vez más “latinoamericana” (basta caminar por el centro, acosado por cambistas, para sentirse en Asunción).

Imágenes integradas 2


También, claro está, cada vez más apretada en algún nervio sórdido de su propia grandeza. El taxista que nos lleva al hotel, deferentísimo, en buena medida orgulloso, nos da cifras de su población, nos explica la congestión del tráfico, nos ilustra de los millones de personas que entran y salen cada día de la ciudad, multiplica y nos dice que la gente que hay ahí, por día, moviéndose, es cuatro veces Uruguay. Pero hay también gran emoción futbolera, porque en unos minutos juega Racing contra el Wanderers nuestro, y está el superclásico que ha coagulado todo el pulso de la ciudad. Los amigos (incluyendo mis amigos porteños) ya se han juramentado para verlo juntos, la gente se precipita, o hacia la cancha, o hacia la previa en los televisores y un rato más tarde todos estábamos sometidos a un partido de 45 minutos, bastante malo (aunque mejor que el superclásico uruguayo que se jugaría pocos días más tarde) saboteado por un atentado contra jugadores de River Plate, contra el fútbol y contra el mundo todo. Curiosamente, nadie, transcurrido el episodio, se ha animado a decirlo como se debe. No fue violencia en el deporte; fue un atentado.
Si hay nostalgia es la de pasar tan escaso tiempo en Buenos Aires. No voy nunca, o voy muy poco. Nunca hay plata, o nunca hay tiempo, y ahora solo hay un par de noches de hotel para llenar una agenda complicadísima, para ver amigos. No son tantos, pero la ciudad es inmensa. Algunos nos recibirán con la noticia de que van a ser abuelos, otros con su libro nuevo. Otros con nuevos amigos; otros aguardan en La Plata, que nunca había conocido, así que hacia allá marchamos; con algunos solo podemos hablar por teléfono. En esa medida, todo es emocionante, pero ya es sábado y todavía no he pisado la Santa Fe, ergo, todavía no soy mejor persona. Cuando llegue, me encontraré una vez más, con El Ateneo, la librería armada en un teatro porque alguna vez Juan Domingo Perón prohibió se alteraran los edificios de los teatros. Es el espectáculo de los libros, y ahí, una vez más se puede verificar qué me sigue atrayendo de Argentina, y en particular, de Buenos Aires: allí, a despecho de la barrabravización indisimulable, sigue monumentalizada la civilización, y no en menor medida gracias a Borges, aquel escritor cieguito y de derecha que terminó siendo el Martín Fierro del siglo XX, el Autor Argentino que dejó a muchos el imperativo del intelecto, de pensar y de seguir traduciendo - como por ejemplo el libro de Benjamin con el que ando. En fin, de hacerse cargo del intelecto del mundo (no solo del de Occidente), canibalizarlo y devolverlo listo para entenderlo como debe hacerlo un rioplatense. (leer más) 
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