lunedì 2 marzo 2015

[Henciclo] interruptor - Música fundamental—o verdad y oído - la columna de H enciclopedia



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        SONAR BIEN
Música fundamental—o verdad y oído

Plantearse la pregunta por la
verdad es hacer un ruido —aunque sea un ruido interno, un ruido adentro de la cabeza, una “imagen acústica” como dice la horrible teoría de Saussure que tan buenos réditos ha dado a toda visión objetivadora e instrumental del mundo. Pero el ruido autocontiene su realidad de modo que no se la puede extirpar de él. El mundo es, así, algo que suena y que no puede negarse, porque negarlo es hacerlo sonar de nuevo, solo que de modo distinto.
Podría decirse entonces que lo real es música y oído, como una sola cosa. Lo mismo puede decirse de cualquier otra de las cosas que llamamos (ya se ve que el sonido no nos abandona) dimensiones perceptivas o “pruebas de la existencia del mundo exterior”.
Cuando la filosofía empezó a existir, logró hacerlo por una maniobra tecnológica extravagante: arrancar el sonido de lo sonoro y pasarlo a lo visual. Y en esto es irrelevante si lo primero fue la inscripción, o la voz. Lo que nos interesa es el tipo de vínculo entre ambas, esa sinestesia llamada escritura. Este pasaje de lo actualmente real que suena a lo que puede verse tiene consecuencias bastante terribles, porque como toda traducción, implica una traición. La traición que lo escrito le hizo a la música es la traición de haber hecho que algo que es por naturaleza indetenible, se volviese detenible. Porque la música, el sonido, son fenómenos dinámicos, sin existencia conocida en lo estático. No se puede frenar de ninguna manera una voz que habla o canta, porque es lo mismo que apretar con las manos un diapasón que vibra: el resultado es la muerte del sonido, y de él no queda absolutamente nada. O está existiendo, o no —y el gerundio es la forma del verbo más cercana a la experiencia espontánea de estar vivo.
Se pinchó la mariposa musical en el tablero de arcilla, la piedra o el papiro de la escritura. A cambio, el mundo pudo empezar a ordenarse acumulativamente. La escritura fue así el método para detener las cosas y reorganizarlas y construirlas en series interminables, cosa que oralmente no puede hacerse debido a las limitaciones de vida y tiempo. También se inventó mucha cosa que antes no era. Las primeras discusiones conceptuales no eran realmente polémicas —por ejemplo, la que supuestamente “enfrentaba” a Heráclito y Parménides, completamente inexistente como tal en tiempo y espacio, salvo en la codificación posterior— sino discursos que cantaban en paralelo —y cantaban es literal, porque eran poesía—, pero a partir de que se pudo fijar el sonar de X, a éste se le pudo contraponer el sonar de Y. Inventada así la prosa filosófica, millones de falsas oposiciones dieron origen a un orden que desespera, desde su origen mismo, de ordenarse definitivamente.
Ahora bien, el giro que interesa aquí de todo esto —pues el cuento antedicho se puede llevar para cualquier sitio, en la medida en que uno, precisamente, sea capaz de escribir— tiene que ver con el modo cómo la desaparición bastante veloz de la capacidad de leer y escribir en el sentido lineal acumulativo antes descrito está condicionando las creencias respecto de la realidad, generando ilusiones de que se puede dar por sentada la escritura sin conocerla o emplearla. Y trayendo como consecuencia, también, la desaparición consiguiente de la filosofía como práctica cultural. La desaparición de lo escrito de la mente colectiva, que comporta la desaparición en la mente de las maestras, a continuación desaparición en las escuelas, que suplantan el escribir por cualquier otra forma no lineal ni “aburrida” de estar en el mundo, etc., comporta una pérdida de una armonía musical muy compleja, que es la del lenguaje. Y la presunta pérdida de importancia de lo lineal es ilusión, porque seguimos estando en una cultura que precisa la escritura para desempeñarse (ciencia y tecnología, comunicación conceptual e histórica, narraciones y discursos, administración del Estado, finanzas, ley...), en la que no saber escribir es garantía de que el poder real, los derechos, la libertad de autodeterminarse, estarán lejos y serán incontrolables. (leer más

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