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MARAT EN LA BAÑERA Y VOLTAIRE EN LA BANLIEUE
El zombi de las catedrales
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En 1882
apareció La gaya ciencia (debemos este
extravagante título a los primeros traductores peninsulares; hoy debiera ser
“La ciencia alegre y despreocupada” o algo así; algún desprevenido que se ve
actualizado ha sugerido “La ciencia gay”). “Dios ha muerto”, dice un loco en
la sección 125 (y pasajes parecidos entrarán en el Zarathustra). La
famosa frase ha sido leída y desleída de maneras contradictorias: como un
lamento por la pérdida del fundamento, o como una afirmación apasionada de la
necesidad de que el hombre moderno asuma de una vez su carácter
posmetafísico. Pero también, y mejor, ha sido caricaturizada. Un graffitti
ponía arriba: “Dios ha muerto” (Nietzsche), y contestaba abajo “Nietzsche ha
muerto” (Dios). El díptico callejero es gracioso, entre otras cosas, porque
resume toda la dialéctica de la modernidad y sus consecuencias en ocho
palabras—y es sabido que el cerebro automáticamente sonríe ante cualquier
hazaña de la síntesis.
Creo que
Nietzsche no hacía sino advertir, por boca de sus personajes, que el negocio
parisino o europeo de un mundo sin fundamento no lucía demasiado
promisorio—pero para entonces solo un personaje enloquecido tenía permiso
para gritarlo así, derecho viejo.
Se
ha escrito mucho sobre el ataque a Charlie Hebdo. Hay incluso, entre los más
defensores del ateísmo y de la negación de cualquier fundamento, quien lo ha
visto como una afrenta a una sagrada libertad de expresión. Se ha convocado
la efigie de Voltaire, el más irreverente de los mortales, como si a la
vuelta de la historia resultase al fin un héroe, o mejor dicho, un santo
digno de devoción por sus hazañas intelectuales. Esta gente, aunque quisiera,
no podría ser más involuntariamente irónica.
Luego, una
multitud se ha convocado a manifestar en toda Francia. Esa marcha, según se
reporta, tuvo la sabiduría de que nadie hablase oficialmente en ella. Eso
estuvo muy bien, o mejor dicho, fue el último recurso de la situación
política de nuestra civilización poniente: se supone que hay política, pero
ya nadie puede articularla en un discurso que conforme o exprese al cuerpo
político. Lo mejor es marchar callados y tomar imágenes de la marcha, porque
como es bobería ya corrida y aceptada, una imagen reemplaza (la inexistencia
de) mil palabras. Uno debiera decir, más bien, que eso no es política en
absoluto: es la representación mediática de un gesto político, en el que las
imágenes de "gente marchando" evocan en el espectador la noción, la
débil esperanza de que en alguna parte aun haya política.
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Pero es una
noción sólo evocada por semejanza—la marcha del otro día se pareció a
muchísimas marchas de la historia que habían sido de veras políticas, es
decir, con un contenido determinable y capaz de articular sentido y acción. A
los “líderes políticos” de Europa solo les queda astucia. Todavía pueden
fingir que se ponen adelante de la gente para salir en la foto (como se ha
visto, se
trata de una imagen trucada). Pero discurso, capacidad de convocar y
conmover y movilizar, no les queda. La marcha del otro día, con todos sus
millones de personas, fue un evento mediático y no político (es decir,
efímero y no fecundo), compensado en su esterilidad fundamental por la
desesperación con la que los grandes medios, y su repetidora boba en las
redes sociales, insistía en imágenes ligadas con la defensa de la libertad de
expresión.
A mi modo de
ver, la libertad de expresión no es el problema principal aquí, sin embargo,
por dos razones. Una, porque es una ficción ideológica mantenida en una
bizantina doxa que mientras exige que se diga determinadas cosas, cada
vez es más capaz de impedir no que se digan, sino incluso que se piensen,
otras (la más notable: la cantidad de problemas prácticos que nos trajo haber
matado a Dios). Y dos (y este punto es doble, contradictorio, y obvio), porque,
si bien la tecnología garantiza más allá de cualquier control la posibilidad
de expresar lo que se quiera sin problema alguno, al mismo tiempo la
proliferación de mensajes que la tecnología misma posibilita hace que el
desparramo de sentidos impida hacer sentido. El asunto es viejo, pero cada
vez se actualiza de un modo distinto. En fin, decir “dejame tranquilo, voy a
la marcha para defender los pilares del mundo occidental, y de ahí me voy al
shopping”, no está funcionando. (leer más)
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