domenica 18 gennaio 2015

[Henciclo] interruptor - El zombi de las catedrales - la columna de H enciclopedia



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MARAT EN LA BAÑERA Y VOLTAIRE EN LA BANLIEUE 
El zombi de las catedrales
 En 1882 apareció La gaya ciencia (debemos este extravagante título a los primeros traductores peninsulares; hoy debiera ser “La ciencia alegre y despreocupada” o algo así; algún desprevenido que se ve actualizado ha sugerido “La ciencia gay”). “Dios ha muerto”, dice un loco en la sección 125 (y pasajes parecidos entrarán en el Zarathustra). La famosa frase ha sido leída y desleída de maneras contradictorias: como un lamento por la pérdida del fundamento, o como una afirmación apasionada de la necesidad de que el hombre moderno asuma de una vez su carácter posmetafísico. Pero también, y mejor, ha sido caricaturizada. Un graffitti ponía arriba: “Dios ha muerto” (Nietzsche), y contestaba abajo “Nietzsche ha muerto” (Dios). El díptico callejero es gracioso, entre otras cosas, porque resume toda la dialéctica de la modernidad y sus consecuencias en ocho palabras—y es sabido que el cerebro automáticamente sonríe ante cualquier hazaña de la síntesis.

Creo que Nietzsche no hacía sino advertir, por boca de sus personajes, que el negocio parisino o europeo de un mundo sin fundamento no lucía demasiado promisorio—pero para entonces solo un personaje enloquecido tenía permiso para gritarlo así, derecho viejo. 

Se ha escrito mucho sobre el ataque a Charlie Hebdo. Hay incluso, entre los más defensores del ateísmo y de la negación de cualquier fundamento, quien lo ha visto como una afrenta a una sagrada libertad de expresión. Se ha convocado la efigie de Voltaire, el más irreverente de los mortales, como si a la vuelta de la historia resultase al fin un héroe, o mejor dicho, un santo digno de devoción por sus hazañas intelectuales. Esta gente, aunque quisiera, no podría ser más involuntariamente irónica.
Luego, una multitud se ha convocado a manifestar en toda Francia. Esa marcha, según se reporta, tuvo la sabiduría de que nadie hablase oficialmente en ella. Eso estuvo muy bien, o mejor dicho, fue el último recurso de la situación política de nuestra civilización poniente: se supone que hay política, pero ya nadie puede articularla en un discurso que conforme o exprese al cuerpo político. Lo mejor es marchar callados y tomar imágenes de la marcha, porque como es bobería ya corrida y aceptada, una imagen reemplaza (la inexistencia de) mil palabras. Uno debiera decir, más bien, que eso no es política en absoluto: es la representación mediática de un gesto político, en el que las imágenes de "gente marchando" evocan en el espectador la noción, la débil esperanza de que en alguna parte aun haya política.

Pero es una noción sólo evocada por semejanza—la marcha del otro día se pareció a muchísimas marchas de la historia que habían sido de veras políticas, es decir, con un contenido determinable y capaz de articular sentido y acción. A los “líderes políticos” de Europa solo les queda astucia. Todavía pueden fingir que se ponen adelante de la gente para salir en la foto (como se ha visto, se trata de una imagen trucada). Pero discurso, capacidad de convocar y conmover y movilizar, no les queda. La marcha del otro día, con todos sus millones de personas, fue un evento mediático y no político (es decir, efímero y no fecundo), compensado en su esterilidad fundamental por la desesperación con la que los grandes medios, y su repetidora boba en las redes sociales, insistía en imágenes ligadas con la defensa de la libertad de expresión.

A mi modo de ver, la libertad de expresión no es el problema principal aquí, sin embargo, por dos razones. Una, porque es una ficción ideológica mantenida en una bizantina doxa que mientras exige que se diga determinadas cosas, cada vez es más capaz de impedir no que se digan, sino incluso que se piensen, otras (la más notable: la cantidad de problemas prácticos que nos trajo haber matado a Dios). Y dos (y este punto es doble, contradictorio, y obvio), porque, si bien la tecnología garantiza más allá de cualquier control la posibilidad de expresar lo que se quiera sin problema alguno, al mismo tiempo la proliferación de mensajes que la tecnología misma posibilita hace que el desparramo de sentidos impida hacer sentido. El asunto es viejo, pero cada vez se actualiza de un modo distinto. En fin, decir “dejame tranquilo, voy a la marcha para defender los pilares del mundo occidental, y de ahí me voy al shopping”, no está funcionando.  (leer más)
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