Hace poco se me propusoparticipar en una charla o debate sobreLiteratura y Militancia. A ambas -más a una que a otra- he dedicado bastante tiempo, pero nunca me había detenido a problematizar el límite dónde se tocan, ni a definir la intersección en que se confunden. Si bien mi muy prescindible participación en la militancia se ha limitado generalmente a leer y escribir (destrezas, como se sabe, cada vez más raras en este valle de lágrimas), siempre estuvo claro para mí que la literatura estaba en otra parte, era un universo paralelo de la praxis política. Es verdad que artículos y ensayos suelen proponer asuntos de índole política, a la vez que muestran rasgos de literatura, entendida como una intencionalidad estética de la escritura. Pero no creo sensato considerarlos como estrategias de militancia. Serán, en todo caso, gestualidad o catarsis, voz que clama en la penillanura.
Lo cierto es que ya nadie se anima a sostener con alguna verosimilitud que la literatura puede seguir siendo, como se pretendió hasta hace no mucho tiempo, el excipiente estetizado de un principio activo ideológico: política saborizada, sobredorado de la píldora ideológica.
Habría que plantearse cómo se interrumpió aquella conexión, por qué comenzó a parecernos inaceptable la idea de una literatura que fuese militante y que continuase siendo literatura. Ocurre que cuando nos planteamos—como categoría, como objeto de discusión o de crítica— la relación Literatura-Militancia, generalmente nos enfocamos, de un modo reflejo, en la retórica engagée que logró instituirse como hegemónica en América Latina y en Uruguay durante los años 60 y 70 del siglo pasado. Sin embargo, es posible hacer una lista ilustre —dicho más pretenciosamente: un canon— de textos concebidos como vehículos de una convicción política, o incluso como artefactos de propaganda.
Lista ilustre (e incompleta)
La tragedia griega fue un aparato de reproducción ideológica del Estado ateniense, que subvencionaba las representaciones, facilitaba la concurrencia de la gente a los teatros y donaba gloria a los autores que dramatizaban más eficazmente las consecuencias pavorosas de incurrir en hybris.
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En su contramáscara, la comedia aristofánica, es más crasa y evidente la intención de intervenir críticamente en los asuntos de la polis: a veces, si no contamos con un aparato crítico minucioso, se nos pierden algunas referencias meramente coyunturales al aumento de precio de las aceitunas en Atenas o a los impuestos aplicados a los fabricantes de vino.
La obra de los grandes escritores del Siglo de Augusto, Horacio y Virgilio, fue esponsorizada para crear una escritura que legitimara el Imperio, dotándolo de una épica, instruyendo a sus súbditos, celebrando a sus héroes militares o deportivos.
Tiempo después, el Apocalipsis, escrito por un tal Juan, portador de una serie de alucinaciones escatológicas, que anticipa e influye las del Bosco y las de William Bourroughs, es parte de un género panfletario y encriptado, cuyo propósito era estimular el espíritu de cuerpo del cristianismo, durante los tiempos difíciles en que los poderes del mundo, encarnados en Domiciano o en Nerón (hay controversia en la datación del libelo), lo amenazaban seriamente.(leer más)
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